Exceptuando su presencia en la romería que todos los 8 de septiembre de cada año se celebra en aquel hermoso lugar como homenaje a la Virgen de la Cueva, pocos, muy pocos eran los piloñeses que durante el resto del año volvían al Santuario para renovar su testimonio de fidelidad a la Santina.
Hasta principios de siglo, sí era visitado por caminantes peregrinos, en ruta a Covadonga, que depositaban allí sus ofrendas en agradecimiento por la súplica escuchada o el favor concedido; así veíamos colgando en los muros de las capillas que cubría la «Peñona» exvotos en gran profusión, como ser brazos, manos y pies de cera; mortajas, medallas, cintas y hábitos, todo lo cual desapareció y no lo hemos vuelto a ver cuándo, transcurridos algunos años, el Cielo nos deparó la dicha de volver a La Cueva.
Tampoco encontramos el no­gal «milagroso» y la higuera que daban fruto a pesar de no recibir el beneficio del agua de lluvia ni las caricias del sol. También habían desaparecido los confesionarios que, en fila, cubrían el ángulo que la Peña formaba al fondo de la gruta al unirse con el suelo. Más tarde, contemplamos la desolación que dejó como saldo la barbarie roja, al destruir capillas e incendiar altares e imágenes, salvándose de la furia salvaje nuestra Santina. gracias a la intervención de manos piadosas que la ocultaron oportunamente, y ante la que nos dio Dios la gracia de poder volver a rezar una Salve en el mismo y sencillo sitio donde alguna vez escuchamos misas que oficiaba el patriarca de la clerecía piloñesa, el sacerdote don Alfredo Crespo, tan caro a nuestros recuerdos. Nos emocionó ver en esta capilla, colgado al lado izquierdo del altar, un cuadro que permitía contemplar, en tamaño casi natural, la figura del P. José Ramón Pando, sacer­dote argentino nacido en «Les llamoses», nombre y lugar de la fuente que brota en la carre­tera que va a La Marea, frente a la «fábrica de luz», de don Zoilo, casi unida a la estación del «Ferrocarril de Infiesto».


En aquellas casas vetustas que están frente a la entrada de la Fábrica, al lado izquierdo de la carretera, nació nuestro bien querido Padre Pando. Siendo jovencito emigró a la República del Plata, y tras breves ocupa­ciones como empleado de comercio, afloró en él la vocación eclesiástica, arraigada con sus primeros estudios en la Cátedra que tuvo su asiento en la vieja Colegiata de la Obra Pía de Piloña, donde fue condiscípulo del popular don Prudencio, y se dispuso a continuar su carrera en el Seminario de la ciudad de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires, en la República Argentina, Nación rectorta entre las que in­tegran el grupo de pueblos con origen ibérico.
Buen estudiante, una vez ordenado fue nombrado párroco en la iglesia de Necochea, puerto y ciudad veraniega, hoy de gran importancia en la costa Atlántica de esta República, en aquel entonces simple poblado y con modestísimo templo que él transformó.
Inició su abnegado ministerio bajo la advocación de la Virgen del Carmen, a fines del siglo pasado, cuando para llevar a cabo su misión debía recorrer la campaña en un radio de casi cincuenta kilómetros para aten­der bautizos, matrimonios, últi­mos auxilios y predicaciones evangélicas. Manejando el caballo recorría en «sulky» durante semanas enteras, por caminos polvorientos o fangosos, las vi­viendas de modestos campesi­nos, típicos «ranchos» construidos con barro y techo de paja, así como las «estancias» (resi­dencia principal de los dueños de tierras explotadas directamente por ellos mismos), casas de comercio, almacenes de ramos generales donde las gentes del campo adquirían toda suer­te de artículos para sus necesidades y servían al propio tiempo como punto de reunión de los pobladores de aquellas enormes extensiones de tierras, donde verdeaba la hierba y pastaban las ovejas. Tenían aquellos lugares, por guía para su orientación frondosos bosquecillos que defendían los rancheríos y las viviendas contra los fuertes vientos y ofrecían sombra a las majadas.
En esos «poblados» celebraba misa nuestro Padre; bautizaba, casaba y prodigaba consejos para la formación de familias cristianas. Eran, también, días de fiesta profana; no faltaba 'el costillar en los asadores, carne que se acompañaba de pan, vino y empanadas que solían amasar las hacendosas mujeres que ayudaban a los hombres en las tareas campestres. Si la reunión se llevaba a cabo en una «estancia», se aseguraba buena cama y mesa al misione­ro; pero muchas veces era ne­cesario dormir en el «santo suelo», a falta de mejor lecho, y compartir el clásico puchero criollo (carne, patatas y fideos) con modestos arrendatarios de la tierra que siempre le ofre­cían generoso albergue.
No debemos omitir que en esas recorridas encontraba el Padre Pando —por ese nombre conocido en todo el contorno— bastantes amigos con quienes recordaba sus andanzas de la primera juventud por los alre­dedores de Infiesto; y en la casa de comercio conocida por «San Pedro de Menditegui» solía pasar agradables días como huésped de su propietario, don Máximo Pérez, piloñes, nacido en Santíanes y bautizado en la iglesia de San Juan de Berbio, templo que la horda comunista dejó en ruinas, con gran pena de quienes recordamos que en aquella Pila nuestra madre reci­bió el agua bautismal.
En dicha casa, colaboraba otro joven pilones nacido en Esteli, Don Alfredo Pérez, y algunos más como Don José Gutiérrez, de Lodeña. En las estancias había, asimismo, astu­rianos piloñeses, como Don Vicente Telenti, hermano del que fue durante muchos años maestro en la Villa, que arrendaba en el campo «Santa Clara», más tarde dueño de estancia él también.
En «San Bernardo», «Santa Rosa» y «La Maravilla», tan caras a nosotros, encontraba el Padre Pando a dos hermanos de Faedo (Anayo), esto en la primera y a Antuñano y Miguens en ias dos últimas. Allí se le recibía con verdadero afecto por los piloñeses y ese vasco y gallego que con tan cordial y honda amistad se unieron por toda su vida a los piloñeses. Desde luego, había otros astu­rianos, como D. Benigno Pérez, Marqués; y D. Enrique Riopedre, también de esos contornos, y no se crea que los poblados de esos establecimientos se en­contraban cercanos, pues los separaban distancias de tres y cuatro "leguas y aún más, que así es la pampa Argentina, que no debe confundirse con La Pampa, provincia del mismo nombre.
Más tarde pasó nuestro bio­grafiado a regir la feligresía de Tres Arroyos, ciudad hoy de más de 80.080 habitantes y que en aquel entonces comenzaba a florecer. No existía iglesia, y servía de templo 5' casa parroquia] una modesta vivienda, en la que en más de una ocasión compartimos frugal comi­da junto con su capellán, un gallego, cuyo nombre se nos fue cíe la memoria, pero que colaboraba eficazmente en la obra apostólica que el Padre Pando desarrollaba en el nuevo y último destino de su carrera eclesiástica. Al morir, dejó eri­gido en la ciudad un hermoso templo casi catedralicio que hoy adorna la plaza principal, al lado de la magnífica Casa Consistorial. Fue popularísimo, y la mejor prueba de ello la tenemos en que a pesar del medio siglo transcurrido aún se le recuerda con cariño.
No obstante, que esta narración va a entrar en cierto orden privado, quiero dejar estampa­do este recuerdo. El P. Pando estuvo en Infiesto en 1908; pasó una temporada en la Gran Vía, cerca del lugar de su nacimien­to, y en ese tiempo lo conoci­mos por su frecuente presencia en la casa de nuestros padres. Durante su permanencia, en la que menudeaban sus visitas a La Cueva, hizo venir a Infiesto, de paso por España, a un ilus­tre obispo argentino, que lo fue de la diócesis de La Plata: Monseñor Terreno, antiguo condiscípulo suyo en el Seminario de dicha ciudad, y de imperecedero recuerdo por su virtud y sapiencia. No olvidamos los desvelos del tío Perfecto revolviendo el pueblo con la noticia de 'la llegada del eminente pre­lado. Se le esperó en la Estación con un selecto grupo de personas que lo acompañaron en su visita a La Cueva, de la que hizo elogios de este estilo: «¡Qué bello sitio, de imponente sencillez se buscó para la Madre de Dios! ¡Cómo mueve a la oración contemplarla entre pe­ñascos naturales, sin lujos mun­danos!» También hizo una visi­ta a Covadonga, y me consta por haberlo escuchado de labios de su condiscípulo que, Monseñor Terreno, nunca olvi­dó los dos Santuarios.
Hay otro recuerdo sobre la estancia del Padre Pando en Infiesto que no olvidaremos y que, sin duda, los pocos que aún siguen viviendo, por gracia de Dios, tampoco, habrán olvi­dado. Entre los homenajes que nuestro tío le dedicó figuró un «asado» "al estilo criolloargentino, servido en la misma Cueva, frente a, la 0sa que más tarde ocupaban gitanos y traji­nantes. Asistieron a esa «nove­dad culinaria»: Don Saturio, Don Feliz Lueje, Don Nicolás, nuestro padre, tío Falo, y, entre los jóvenes, Julio Martínez, Luis Cueto, Pedro Lueje, Ángel Rodríguez Noríega y quien esto escribe. Entre los sacerdotes figuraron Don Prudencio y Don Pedrín, el de San Juan; no estaba su tío «Don Pedrón», pero sí el inolvidable Párroco de Infiesto por excelencia, Don Juan Inclán a quien muchos recordarán todavía por su desempeño como apóstol tesonero en la vieja Colegiata. Quizás se olvidarán algunos nombres, aunque sí creo recordar a Don Antonio Martirio, el sapiente secretario del Ayuntamiento piloñes, que sucedió a Don Ramón Lozana; a César Valdés y Falo Cueto. ¡Qué triste resulta pensar que solamente tres somos los supervivientes!
Ya de regreso en Buenos Aires, continuamos manteniendo la cordial amistad que el Padre Pando nos había dispensado, hasta que un día nos sorprendió la noticia de que estaba internado en el Hospital Español, enfermo de gravedad. Allá fuimos a visitarlo en com­pañía de Pedro Lueje, encon­trándole en los preliminares de abandonar este mundo. Animado, eso sí, y con el valor que debe de dar la profunda fe en el Creador, dijo, más o menos: «Agradezco mucho esta visita; estoy pensando en la Virgen de la Cueva; la vida se me va apagando y no me olvido de
aquello que tanto quiero; en un testamento dejo establecido que se cree una Capellanía de la Virgen de la Cueva. Pensé, para desempeñarla, en Don Prudencio, pero como capellán que es de la Obra Pía, no podrá aceptarla, y mi deseo es que vaya a vivir allí mismo. He nombrado a Pedrín, el de San Juan, que espero aceptará (como así fue). Para cumplir mis deseos me acordé de Don Nicolás y Don Pepito, como abogados que son de vuestro padre. No es mucho lo que puedo legar, y quiero que se invierta en papel del Estado para, con su renta, ayu­dar a vivir a Pedrín, y que alcance algo para reparaciones...» Al siguiente día fallecía el Padre Pando.
A recoger algo de la herencia vino a Buenos Aires un hermano que vivió en la Gran Vía, «medio ateo» él, como entonces sucedía con los que iban a Cuba y se embanderaban en la maso­nería, terminando en «comecuras». ¡Qué ironías depara el destino!


Claro está que cambió nuestro «hombrín de la variquina» e intervino en las disposiciones de su hermano. Muchas veces lie intentado averiguar a dónde fueron a parar las pesetas, y qué disposiciones tomó el Obis­pado, pero no lo pude saber. Lo que sí sé es que Don Pedrín vivió en la misma Cueva, recordando siempre a su amigo José Ramón, que Dios tendrá en su Gloria.
Se me preguntará, a qué vie­ne este recordatorio, y contesto. En una de mis últimas visitas a la Santina fui acompañado de algunos amigos de los muchos que en Infiesto tengo —como tal me consideran ellos— y ninguno tenía la menor noticia de cuanto dejo narrado; ni siquiera el Cronista Oficial de Pilona, cosa que no dejó de sorprenderme. Pero, algo más grave me preocupa ahora; sé que en La Cueva se están lle­vando a cabo transformaciones a gusto de unos y disgusto de otros, y se me ocurre pensar si la «ola de modernismo» que hoy todo lo invade no llegará al punto de arrinconar la fotografía del inolvidable sacerdote piloñes que no perdió ocasión de exaltar la belleza de aquel «Santuario de Piedra» donde, por cientos de anos, una pequeña imagen mariana concentra la sencilla y también berroqueña fe de tantos y tantos devotos.
Entiendo que debe mantenerse latente el recuerdo del Padre Pando, el buen cura de «Les Llamoses», que propagó por estas tierras la devoción a la Santina, y que hasta los últimos momentos de su vida tuvo para ella una prueba de verdadero cariño.
He de hacer constar que si no de todo lo que aquí se narra, por lo menos de una gran parte, pueden ofrecer testimonio dos piloñeses residentes en la Ar­gentina: Luis Tamargo y Antonio Alvarez. El primero de Infiesto, y el segundo de El Calzado de Arriba, atalaya de la villa que las topadoras del Estado barrieron despiadadamente en nombre del progreso, con gran disgusto de nuestro amigo.

Ángel Rodríguez Noriega (Publicado en la revista Piloña en el año 1971)