Ya en las palabras de Caunedo, se entrecruzan dos hilillos de situaciones que no marchan debidamente congruentes. Por una parte se dice que el portugués (sin nombre propio todavía), al volver a su casa solar, se encontró sin vida a su joven amor, cosa que no es posible porque ninguna castellana podía morar libremente en casa de su amado. El otro hilo conductor, es la determinación de peregrinar para purgar sus muchos pecados hasta hallar una cueva donde adorar a la Santa Virgen permanentemente. Si el portugués luchó bravamente contra la morisma, y tuvo la desgracia de perder a su joven bien amada, no parece lógico que tuviese que penar grandemen te por el mundo, ya que su conducta resultaba a los ojos de los hombres digno de aprecio y agra­decimiento. Existe una clara contradicción en estas dos situaciones.
Rogelio Jove se decide por indicar que la joven amada era quizá española o asturiana y estaba casada con el portugués, que desesperado por la pérdida tan querida resolvió no servir más que a la Virgen misma en continua oración retirado del mundo, al vivir en una miserable cueva. De esta manera la larga penitencia del batallador portugués, la deriva y aplica al amor pasado y 110 a los muchos pecados del caballero que quería purgar retirado de la vida.
Manuel Rodríguez Salas, para salvar la dificultad de los amores del guerrero, aplicados des­pués a la Santa Imagen, establece que la novia moraba en un palacio de Zamora, o Portugal, de don Diego de Sousa, padre de doña Beatriz. Cuando el portugués halla, a su regreso, muerta a do­ña Beatriz, su desesperación no halla más que temporal consuelo, en buscar un rincón donde recordarla y trasladar su amor de esposo fiel al acogimiento del manto de la Virgen, que compadecida deja su imagen al dolorido y solitario que vive de la caridad en la Cueva de Ques.
La brillantez artificiosa de esta leyenda caballeresca, unas veces más mundana con los amores de la castellana, otras más inclinada al fervor cristiano hacia la Madre de Dios, se viene a complicar con una variante que viene a indicar la poca firmeza de aquella tradición mal planeada, y mal desarrollada.
Don Protasio González Solís, recopiló y publicó unas «Memorias Asturianas» (Madrid, 1889), y preparó con motivo del viaje de Sus Majestades Isabel II y su marido don Francisco de Asís, una especie de resumen de historias y estampas geográficas de Asturias para que tuviesen conocimiento de la región actual y pasada del Principado. Dice Solís que en 1856 encargó a Caunedo reunir la parte histórica, y aparecen la leyenda, en parte, de la Cueva de Infiesto, que efectivamente tiene palabras tomadas del famoso escrito del «Semanario Pintoresco», pero aparecen algunas novedades, como la de indicar que Infiesto es el Brete, de la Crónica alfonsina. y de que la efigie de Nuestra Señora, es que se le apareció allí a unos pastores en tiempos remotos (páginas 552 y 553). Este recurso muy utilizado, para salvar lagunas de noticias ignoradas, parecen indicar que una nueva mano intervino en tocar de ligero el tema de la leyenda de la Cueva, por ser largo de exponer, o porque fueran escasas las personas que en ese año de 1866, conocían la leyenda aparatosa de la Torre de Ludeña.

Todos los que han estudiado con algún interés esta bonita leyenda romántica de la Cueva, han revuelto lo poco que se sabía, para mezclarlo con nuevas noticias inventadas, que diesen unidad de acción y emoción al conjunto, del que faltan noticias totalmente del siglo XVIII, escritas con alguna verosimiiitud de realidad. Sin respetar el significado de cada capilla, se ha entremezclado la pequeña historia de cada una con la tendencia de remontarse a siglos anteriores que den realce al Santuario.
Otro inventor de nombres ha sido nada menos que el historiador español que publicó en meri­torio trabajo el amplio libro del «Viaje de SS.MM. y AA. a Castilla, León, Asturias y Galicia en 1858», que debido a la comida que realizaron en el Santuario el viernes 27 de agosto, recoge la leyenda del portugués, al que llama por capricho Roderico (página 368, T. I. «Asturias», nota), que el incauto Cronista de Pilona acepta de buen grado, llamándole Ruderico.
Dispuestas así las cosas, vamos a entrar de­cididamente en el quid de la importancia de la torre medieval de Lodeña, que tanto atrae a los proyectistas de la leyenda. En la vertiente orien­tal del monte o cuesta Incós, están todavía las ruinas de la torre de Ludeña, que corresponde a un coto definido de la parroquia actual de Santa María de Lodeña. Los señores de la torre fuerte, llevaron a través de los siglos diversos apellidos, y en su mayor auge vivieron en Oviedo, y a fines del siglo XV fueron gobernadores de la provincia por providencia de los Reyes Católicos. Emparentados con los próximos condes de Nava y posible­mente con los Alvarez Nava de la torre fuerte de Tresali (c. Nava) muy parecida a la de Incós, mantuvieron en su coto amplia soberanía, que no ejercieron en el resto del concejo de Pilona, donde estaba incluso, por ser de soberanía real, existiendo tierras cercanas a la Cueva, que pertenecían en gran extensión al convento de San Junan de Berbío, dependiente del de San Pedro de Eslonza (León). Las mismas tierras bajas del Ranera, donde está situado el tan citado santuario de Ques, el molino de las Llamosas. el prado o prados del actual cementerio de Infiesto, el molino aguas abajo del puente de Perreros, todos ellos se rigieron y conocieron por pertenecer a Villanueva, casa solariega de los Peláez de Villanueva, hidalgos notorios pertenecientes entonces a San Juan de Berbio. Es muy posible que la finca de El Covayón (casa Morgan), perteneciese al nombre genérico de «Villanueva», como otras heredades próximas en la vega del río de La Marea por esta parte baja ya próxima al río Pilona.
Es posible que parte de este territorio perteneciese a la casa de Sofelguera, que es lo mismo que decir del señor Alonso Ribero y Posada, que figuraba mucho en Oviedo y en esta parte de la feligresía de Ques, en el siglo XVII, pues eran poderosos señores D. Domingo Alonso del Ribero y de la Iglesia, hijo de un D. Juan originario del concejo de Onís. Este D. Domingo estuvo casado con doña Isabel Díaz, de la parroquia próxima de Beloncio y fueron padres del ilustre D. Gabriel que matrimonió con doña Leonor de Posada y Mendoza (nació 1634), siendo él, Tesorero de ma­ravedises y millonario del Principado. Ella era natural de Santa María de Valdellera (de Posada c. de Llanes) e hija de don Fernando y doña Mayor. Este segundo apellido, Mendoza, es el que el Cronista de Pilona aprovechó para aplicarlo al desconocido portugués el gran eremita de la Cueva, pero adentrándose quinientos años, hasta situar la acción en la gran batalla de las Navas de Tolosa del XIII.
Hijo de don Gabriel y doña Mayor, posiblemente nacido en la casa de Sofelguera en 1665, fue don Diego el más destacado de todos los Alonso Ribero Posada Mendoza, que residiendo principalmente en Madrid y Oviedo, fue Diputado del Principado, capitán de Arcabuceros, Caballero del Orden de Santiago, Caballero de S. M., Regidor Perpetuo de la Ciudad de Oviedo, Capitán de Milicias del concejo de Pilona, Regidor de este concejo, Caso, Ponga, Alférez Mayor del de Cabranes, y otras distinciones más. Tomó parte principal en la proclamación del Rey Felipe V, el primero de los Borbones en España, realizada en Oviedo, siendo Capitán de una compañía de arcabuceros.
Como señor de las casas de Sofelguera y La Parte, disponía de una buena casa rústica, pero con cómoda capilla del Santo Niño Jesús, con comunicación directa, en el ameno lugar de Sofel­guera casi al pie del río Fontoria, afluente occidental del de Ranera o Marea. Por sus condiciones pudo aspirar a contraer matrimonio con la mayorazga del coto de Ludeña, doña Teresa Agustina de Valdés Ludeña, Alvarez de Asturias y Nava, que tenía en buen estado la casa fuerte torre de los Ludeñas, y preminencias de su alta categoría. Ella tenía una hermana, doña Andrea, que se enlazó al señor de Rozes, D. Francisco Bermúdez de Espinaredo (Iiifiesto). Este poderoso ma­trimonio DiegoTeresa Agustina, es el que en 1706 fundó la capellanía de N. S. del Carmen en la Cueva. Sin hijos y falleciendo prematuramente, los bienes del coto de Lodeña pasaron a los Valdés Sorribas del concejo de Villaviciosa (Marqués del Real Transporte), y los de D. Diego, por medio de su hermana doña Andrea a los Bermúdez de Espinaredo y de los Cobuen, terminaron por vin­cularse con los de Antayo (Marqués de Vistalegre).Era pues doña Teresa Agustina, la señora de la torre fuerte de Ludeña que no tuvo relación directa con el Santuario de la Cueva, sino como esposa de D. Diego Alonso señor de Sofelguera, al fundar la capellanía de la Virgen bajo la abvo­cación de Nuestra Señora del Carmen. Es ahora, y no antes, cuando los Lodeñas intervienen a principios del siglo XVIII, por medio de una dama en la esfera atractiva del Santuario, y queda en hipótesis o fantasía al guerrero remoto de Lodeña amigo del eremita portugués, del que nada se sabe en siglos anteriores. Las primeras armas en el frontal de la capilla del Carmen, debieron figurar en parte con las de Lodeña, pero no antes, ni en otro altar, porque aquel conjunto de la Cueva
disponía de varias capillas y un hospitalillo, de diversas procedencias en que no figuraban los de Lodeña, por no ser ni tan siquiera territorio de su jurisdicción.